Soplo de viento y balcón
Desde un precario balcón republicano, el pintor observaba aquella acera que aún guardaba el espectro de una madrugada cualquiera de otoño, cuando dos amantes aparecieron para morderse las mejillas, besarse los ojos, apagarse colillas de cigarrillos en sus manos diestras; para después perderse en los laberintos de aquella ciudad de humedad perpetua.
Pasaba madrugadas enteras, intentando plasmar en tonos pastel, a aquellos fantasmas del pasado: eran escenas con mezclas mortales de odio y ternura, de amor contranatura, propio del crepúsculo de ciertas historias mínimas.
Un día, un extraño tocó su puerta: era un hombre joven, de espesa barba, con ojeras oscuras y de inconfundible aroma a pisco acholado. Por alguna extraña razón ese imprevisto visitante le resultaba familiar:
- ¿Sabe algo de ella? - le dijo el visitante, con voz temblorosa.
- ¿ Quién eres tú? -
- ¿No me reconoce?, nos observaste una madrugada, desde este balcón ...
¡Ay! Patrimonio de la Humanidad,
¿a dónde va mi amor?.
Se turbó, mientras intentaba esconder los diferentes bocetos de aquella escena, pero reflexionó: entendió al fin, la razón que lo impulsaba a reconstruir, cuadro por cuadro, áquel momento del adios de secretos amantes, decidiendo entregarle sus pinturas.
- No sé nada de ella, ni su nombre ... pero tome, quizá esto le ayude -
- Gracias, es una prueba que en verdad ella existió, incluso pensé que tú eras un alma penando a las tres de la madrugada -
- ¿ Puedo ayudarte en algo más ?
El hombre extraño no esperó respuestas ni despedidas, y se marchó de aquella habitación, con la misma premura con que había entrado, a continar su andar en ese viejo damero.