Su pequeña huella
Caminaron hasta el atardecer, sintiendo brisa sobre piel desnuda.
En silencio, tomados de la mano, lanzaron a la mar piedras grises, pardas y negras; observando como, tras un brusco contacto, se perdían en la inmensidad del océano.
De pronto, ella soltó la mano de su amante, y avanzó hacía el mar: estaba serena, pensativa, con los rizos al viento que escondían sus sentimientos y su mirada.
Él supuso que ella reflexionaba sobre el destino de esas dichosas piedrecitas - escogidas al capricho de sus instintos - que dejaban su condición inerte para explorar nuevos mundos. Quién sabe donde las llevará la corriente: quizá terminen en el fondo del oceáno para ser cubiertas, indefectiblemente, por las algas marinas; o convertirse en el último asilo de una estrella de mar.
Cinco sirenitas te llevarán
por caminos de algas y de coral
y fosforescentes caballos marinos
harán una ronda a tu lado.
Y los habitantes del agua
van a jugar pronto a tu lado.
- Envidio a las piedras - susurró, convencida.