Miren como nos hablan de dignidad
- "La Coordinadora de Derechos Humanos, esa cojudez".
Con esa frase, el Cuervo pasó a los anales de la historia universal de la infamia.
Sentenció así a sus opositores durante su apostolado en el rincón de los muertos, cuando se preocupaba en dotar de pozos sépticos a la población, repartir migajas, mientras callaba ante las miles de desapariciones, torturas y violaciones que día a día desangraban los pueblos de Ayacucho, perlas chayay.
Con los años, el Cuervo dejó su traje gris -idéntico a los naqaq, verdugos míticos coloniales que extraían la grasa de los hombres- para vestir ricos atuendos en hilos de oro y plata, mudarse a la gran ciudad gris y lucir purpurado, con licencia para pasearse cuando en vez por la ciudad de los solteros eternos, besando la mano del Santo Padre de turno.
Hoy, el Cuervo, como en sus años mozos cuando trocaba la cruz cristiana en cruz gamada, usa las homilías para defender la impunidad de gavillas de asesinos uniformados, a la vez que reparte hostias a presidentes genocidas, e insulta con desparpajo la inteligencia de los demás, creyente en su infalible criterio.
Agazapado en su vieja catedral, se muestra soberbio y complacido. Ahora ha emprendido una nueva cruzada: poseer el vientre de las mujeres, decidir en su vida y sexo, como en épocas de inquisición y hogueras que añora.
El Cuervo sonríe, sabe que obtendrá lo que quiera mientras tenga eunucos ministros o fieles jueces, y los sicarios besen su anillo: así ganará un sitial predilecto en el privado altar de La Obra, al lado de su amado San José María, Santo Patrono del fascismo.
Miren como nos hablan de libertad
cuando de alla nos privan en realidad.
Miren como pregonan tranquilidad
cuando nos atormenta la autoridad.
¿ Y Que dirá el Santo Padre?.
Él no dirá nada, hasta que se tome el cielo de la libertad por asalto.