Y te irás sin un reproche
Los amantes aún reposaban del buen amor, apenas cubiertos por sus ropas desordenadas, echados en el viejo sillón de cuero, ante la atenta mirada del perro ciego que los alertaba de algún fisgón o visita inoportuna.
Ella había llegado muy temprano, casi ocho de la mañana. En teoría, por solo quince minutos de charla, recoger un libro y un consejo. Pero la pasión aún era demasiado fuerte: solo el roce de las manos fué chispa suficiente para que los besos llegaran, las ropas se retiren y los sabores de sus cuerpos se mezclen en armonía, en lento fuego clandestino.
Así pasaron horas: comieron lasagna del mismo plato, miraron la telenovela de las dos de la tarde, jugaron con la vieja polaroid, soñaron con escapar a cualquier lugar, bailaban pegados - ella subida en sus pies, él oteando sus rizos - antes de refugiarse nuevamente en el arte del buen amor, sin importar que a la vez se les muriera el alma.
Después de un pequeño soñar, el la despertó con besos detrás de la oreja.
- ¿Qué hora es?
- Nueve y treinta de la noche.
- ¡Es tarde!, debo irme ... ¿comprendes, verdad?
- Él te llamará ...
- Sí, debo de estar en casa, pronto.
El aún no asimilaba esos imprevistos cambios en el estado de ánimo de ella. Ella no se acostumbraba a tener cargos de conciencia, impropios en una prometida de casi veinte febreros, próxima al altar, que llega temprano a casa para que papá y mamá no se preocupen, que espera la celadora llamada del novio para desearle las buenas noches, quizá.
- Adios, Amor ...
- No me llames así.
- ¿Por qué?
- Simplemente, no me llames así... por favor.
Y volverás la cabeza y me dirás con tristeza "Adiós"
desde la esquina y luego te irás corriendo,
la noche te irá envolviendo en su oscura neblina.
Y ella se perdió, descendiendo las escaleras, amparada en las sombras, cruzando el parque con débil luz artificial, dejando impregnado en aquél sillón de cuero, para siempre, su perfume de niña mujer.