En Lima está lloviendo
Era un día cualquiera de un año que nadie recuerda cuando se encontraron trovador y poeta, en una calle de veredas húmedas de la ciudad de los nueve monstruos. Se saludaron cordialmente para luego retirarse al bar ubicado a unos pasos de distancia.
- Lo buscaba desde hacía algún tiempo - dijo el trovador, emocionado, emocionado.
El poeta no respondió, solamente miraba la garúa que caía lenta pero implacablemente sobre esa ciudad que no lo comprendía, pensado como se le iba la vida, mientras bebía un sorbo de flojo cognac.
- Leí Los Heraldos Negros, me gustó un poema en especial: Lluvia -
El poeta esbozó una sonrisa semejante a una mueca, recordó un desamor, quizá en el primero de su extensa cadena de amores sin amor, iniciados con su andina y dulce Rita, de junco y capulí.
- Compuse una melodía a ese poema, Si me permite Ustéd. - concluyó el trovador, pidiendo permiso para tomar su guitarra.
- Adelante, lo escucho - replicó el poeta, picado por la curiosidad.
Y el trovador empuñó su guitarra, empezando en clave de valsesito limeño, a entonar los primeros versos:
En Lima... En Lima está lloviendoel agua sucia de un dolor
¡qué mortífero! Está lloviendo
de la gotera de tu amor.
El poeta lo escuchaba, sorprendido por la forma en que el trovador había encontrado respuesta al acertijo en forma de valse que encerraba la inicial pausa de su verso, escrito mientras esperaba, desprotegido de la lluvia, que su esquiva amada asomara por ese balcón de cedro de una Lima otrora señorial.
No te hagas la que está durmiendo,recuerda de tu trovador;
que yo ya comprendo... comprendo
la humana ecuación de tu amor.
El trovador recordó la vez primera que leyó ese poema, allá en su vieja Habana: se sintió plenamente identificado con el trovador del poema, con la indiferencia de la amada, la fría estadística del amor racional, lleno de excusas, rodeos y distancias, crueles distancias.
El poeta contempló al trovador un buen rato, preguntándose como ese extraño desgarbado con la sola ayuda de su guitarra logró ponerle melodía a su dolor plasmado en un pedazo de papel.
- Felicitaciones, le ha quedado muy bien, muy bien - le dijo el poeta, mientras consumía el último sorbo del flojo cognac.
- ¡Gracias! ¿Puedo verlo de nuevo? he venido de tan lejos -
- Lo lamento mucho... en verdad, pero debo viajar mañana -
- ¿A dónde?
- Europa... radicaré en París... mucho gusto de haberlo conocido- explicó, haciendo un amable gesto con su sombrero.
- En París, con aguacero... - susurró el trovador.
El poeta sintió como si por sobre el hombro lo llamara una palmada, volvió sus ojos hacía el trovador, extrañado por la frase que le sonaba familiar.
- Tiene ustéd razón-
Y el poeta se marchó, andando lentamente sus pasos lejanos.
Hoy, en una Lima mas extraña que nunca, pero mejor que la ciudad que lo miró partir para jamás volver, en medio de uno de esos jirones en los que el poeta solía caminar con su soledad, escribir sus pequeños testamentos, sólo queda como recuerdo una triste figura de bronce que se asemeja a él.